Puedes explicar perfectamente cómo se hace algo.
Puedes tener una presentación impecable.
Puedes compartir ejemplos, definiciones, estadísticas y hasta entregar las diapositivas al final.
Y aun así, tus participantes pueden salir de tu taller pensando:
“Entendí todo… pero todavía no sé si podría hacerlo solo.”
Ahí está una de las diferencias más importantes entre enseñar un contenido y diseñar una experiencia de aprendizaje.
Cuando diseño talleres y cursos educativos, particularmente los relacionados con emprendimiento, hay una frase que repito constantemente:
Mis estudiantes no vienen solamente a aprender sobre emprendimiento. Aprenden a ser emprendedores gestionando su propio emprendimiento.
Eso significa que si estamos hablando de clientes, trabajan con sus clientes.
Si estamos aprendiendo sobre modelos de negocio, trabajan con su propio modelo.
Si hablamos de precios, calculan sus precios.
Si estamos trabajando una propuesta de valor, escriben, prueban y revisan la suya.
No aprenden primero para, quizás, aplicarlo después.
Comienzan a aplicarlo mientras están aprendiendo.
Ese es el principio detrás del aprendizaje activo y de una idea que debería estar presente en el diseño de cualquier taller educativo: Aprendemos haciendo.
Ese es el principio detrás del aprendizaje activo y de una idea que debería estar presente en el diseño de cualquier taller educativo: Aprendemos haciendo.
¿Qué es el aprendizaje activo?
El aprendizaje activo es un enfoque en el que la persona participa directamente en su proceso de aprendizaje en lugar de limitarse a recibir información.
Charles Bonwell y James Eison, dos de los autores ampliamente asociados con el desarrollo del concepto de active learning, lo describieron como una forma de enseñanza donde los estudiantes hacen cosas y, además, piensan sobre lo que están haciendo.
Eso puede incluir actividades como:
- resolver un problema;
- analizar una situación;
- conversar y debatir;
- tomar decisiones;
- trabajar colaborativamente;
- escribir;
- diseñar;
- comparar alternativas;
- practicar una destreza;
- crear algo;
- recibir feedback;
- reflexionar sobre lo que hicieron.
En otras palabras, participar activamente del aprendizaje.
Esto contrasta con un aprendizaje predominantemente pasivo, donde gran parte del tiempo la persona escucha, observa, lee o recibe información que otra persona ya procesó.
El problema no es escuchar una explicación. Las explicaciones tienen un lugar importante dentro de un taller.
El problema aparece cuando escuchar se convierte en prácticamente toda la experiencia.
La ciencia detrás de aprender haciendo
La idea de aprender haciendo no es solamente una preferencia metodológica.
Hay investigaciones sobre aprendizaje y memoria que ayudan a explicar por qué involucrarnos activamente con la información puede producir resultados diferentes a simplemente recibirla.
El “generation effect”: recordamos mejor lo que generamos
En 1978, los investigadores Norman Slamecka y Peter Graf publicaron una serie de cinco experimentos sobre lo que denominaron el generation effect o efecto de generación.
Compararon qué ocurría cuando las personas simplemente leían información versus cuando tenían que generar ellas mismas las respuestas.
¿El resultado?
Las palabras generadas por los propios participantes fueron recordadas mejor que aquellas que simplemente habían leído. El efecto apareció en distintas medidas de reconocimiento y recuerdo.
Este hallazgo tiene una aplicación muy interesante para quienes facilitamos.
Si yo te doy todas las respuestas durante un taller, tu cerebro está haciendo un trabajo diferente a cuando yo creo las condiciones para que tú tengas que:
pensar → generar → decidir → explicar → comparar → aplicar.
Por eso una buena pregunta puede ser más educativa que otra diapositiva.
Y una actividad bien diseñada puede hacer más por el aprendizaje que diez minutos adicionales de explicación.
No es solamente hacer: también importa pensar sobre lo que hacemos
Otro trabajo clásico relacionado con la memoria es el modelo de niveles de procesamiento propuesto por Fergus Craik y Robert Lockhart en 1972.
Su planteamiento ayudó a dirigir la atención hacia la profundidad con la que procesamos la información: un procesamiento más profundo, particularmente cuando trabajamos con el significado, se relaciona con huellas de memoria más duraderas.
Esto nos lleva a una distinción importante.
Aprendizaje activo no significa simplemente mantener a las personas ocupadas.
Una actividad no es efectiva solamente porque todo el mundo se levantó de la silla, utilizó post-its o abrió una aplicación.
La pregunta importante es:
¿Qué están pensando y haciendo mis participantes durante esa actividad?
Una dinámica debe tener una razón educativa.
Puede pedirles que recuperen información, relacionen conceptos, tomen decisiones, resuelvan un problema, produzcan algo, expliquen su razonamiento o apliquen lo aprendido a una situación real.
La actividad es el vehículo.
El aprendizaje es el propósito.
¿Funciona realmente el aprendizaje activo?
Existe evidencia mucho más reciente que también resulta interesante.
En 2014, Scott Freeman y otros investigadores realizaron un metaanálisis de 225 estudios que comparaban el aprendizaje activo con las clases tradicionales basadas predominantemente en conferencias dentro de disciplinas STEM.
Encontraron que, en promedio, el desempeño en exámenes y evaluaciones conceptuales mejoró con aprendizaje activo. También encontraron una mayor probabilidad de fracaso académico en las clases tradicionales basadas en conferencias frente a aquellas que incorporaban aprendizaje activo.
Aunque este estudio se realizó específicamente en educación universitaria STEM —y no debemos asumir que sus cifras se transfieren automáticamente a cualquier taller— sus resultados forman parte de un cuerpo de evidencia que cuestiona una idea que todavía aparece con frecuencia en la educación:
que enseñar bien consiste principalmente en explicar bien.
Explicar importa.
Pero aprender requiere algo del participante también.
“Aprender sobre” algo no es lo mismo que aprender a hacerlo
Esta es probablemente la distinción que más utilizo cuando diseño experiencias educativas de emprendimiento.
Una persona puede aprender sobre emprendimiento durante meses.
Puede definir qué es una propuesta de valor.
Puede explicarte qué significa cliente ideal.
Puede reconocer un Business Model Canvas.
Puede decirte qué es un MVP.
Puede conocer diferentes estrategias de precio.
Pero ninguna de esas cosas significa necesariamente que pueda tomar una idea propia y convertirla en un negocio.
Por eso, en mis cursos de emprendimiento, siempre digo:
Aquí no vienes solamente a aprender sobre emprendimiento. Vas a aprender a ser emprendedor gestionando tu emprendimiento.
Si la sesión es sobre validación, quiero que salgas habiendo avanzado en la validación de tu idea.
Si hablamos de clientes, quiero que identifiques los tuyos.
Si trabajamos precios, quiero que hagas números.
Si estamos diseñando un MVP, quiero que tomes decisiones sobre el tuyo.
El aprendizaje ocurre mientras el negocio también avanza.
Y este mismo principio puede trasladarse prácticamente a cualquier taller.
No expliques solamente cómo hacerlo. Haz que lo hagan contigo.
Aquí está uno de los cambios más sencillos que puedes hacer como facilitador.
Cada vez que estés a punto de explicar un proceso, pregúntate:
¿Puedo convertir parte de esta explicación en algo que mis participantes hagan ahora mismo?
Por ejemplo, si enseñas marca personal, no dediques 30 minutos solamente a explicar los componentes de una buena biografía profesional.
Explica lo necesario.
Luego haz que escriban la suya.
Si enseñas inteligencia artificial, no demuestres durante una hora cómo tú utilizas ChatGPT.
Haz una demostración breve.
Luego entrégales un reto para que creen, prueben, comparen y mejoren sus propios prompts.
Si enseñas ventas, no te limites a presentar las características de un buen pitch.
Dales cinco minutos para escribir uno.
Luego practíquenlo en parejas.
Reciban feedback.
Ajústenlo.
Vuélvanlo a intentar.
Explica menos tiempo seguido y crea más oportunidades para practicar.
El facilitador no tiene que dar todas las respuestas
Este cambio también requiere que revisemos nuestro propio rol.
Cuando somos expertos en un tema, es muy fácil querer demostrar todo lo que sabemos.
Queremos explicar.
Añadir otro ejemplo.
Contar otra experiencia.
Responder inmediatamente cada pregunta.
Pero facilitar también requiere saber cuándo no dar la respuesta todavía.
Puedes preguntar:
¿Qué harías tú?
¿Qué opciones ves?
¿Cuál escogerías y por qué?
¿Qué cambiarías?
¿Qué observaste?
¿Qué pasaría si…?
¿Alguien llegó a una respuesta diferente?
Cuando haces esto, dejas de ser solamente la persona que distribuye información y comienzas a crear las condiciones para que el grupo piense, converse, genere respuestas y aprenda también de las perspectivas de otros.
Y eso es parte del aprendizaje activo.
Aprender haciendo tampoco significa “descúbrelo tú solo”
Aquí hay otra distinción importante.
Promover aprendizaje activo no significa abandonar al participante frente a una actividad y esperar que mágicamente aprenda.
La estructura sigue siendo necesaria.
De hecho, mientras más complejo sea lo que quieres que hagan, más importante puede ser dividir el proceso en pasos manejables.
Este es precisamente un punto que Strategyzer destaca en su enfoque de learning by doing: no basta con presentar un framework y esperar que las personas descubran posteriormente cómo utilizarlo. Sus playbooks convierten sus metodologías en secuencias guiadas de actividades para trabajar sobre problemas reales.
Esa idea me parece especialmente relevante para facilitadores:
No tienes que escoger entre explicar o dejar que descubran todo solos.
Puedes enseñar → guiar → permitir que hagan → observar → ofrecer feedback → continuar.
Por ejemplo:
Paso 1. Explicas brevemente el concepto.
Paso 2. Modelas un ejemplo.
Paso 3. Presentas una pregunta o reto.
Paso 4. Los participantes trabajan individualmente o en grupos.
Paso 5. Comparan sus respuestas.
Paso 6. Facilitas una conversación sobre lo que ocurrió.
Paso 7. Aplican lo aprendido a su propia situación.
Ahora no solamente saben qué hacer.
Comenzaron a hacerlo.
La participación no es un extra del taller
A veces diseñamos primero todo el contenido y después pensamos:
“Necesito ponerle una actividad para que sea dinámico.”
Yo cambiaría el orden de esa pregunta.
No pienses en las actividades como interrupciones entre bloques de contenido.
Piensa:
¿Qué necesita hacer esta persona para aprender esto?
Entonces decides qué necesitas explicar tú.
Si quieres que aprendan a analizar, tienen que analizar.
Si quieres que aprendan a diseñar, tienen que diseñar.
Si quieres que aprendan a comunicar, necesitan hablar o escribir.
Si quieres que aprendan a tomar decisiones, necesitan enfrentarse a decisiones.
Si quieres que aprendan a colaborar, necesitan trabajar con otras personas.
Si quieres que aprendan a facilitar, necesitan facilitar.
El verbo de tu objetivo de aprendizaje debería ayudarte a decidir qué ocurre dentro del taller.
Conversar también es aprender
El aprendizaje activo no siempre necesita una plantilla sofisticada o una herramienta digital.
A veces necesita una buena conversación.
Cuando una persona explica su razonamiento a otra, escucha una perspectiva diferente, defiende una decisión o cambia de opinión después de escuchar un argumento, está trabajando activamente con la información.
Puedes incorporar momentos tan sencillos como:
Piensa → escribe → comparte.
Primero cada participante genera su respuesta.
Después la conversa con otra persona.
Finalmente algunas respuestas llegan al grupo.
También puedes presentar dos alternativas y pedirles que escojan una y expliquen por qué.
O entregar un caso y preguntar:
¿Qué harías primero?
De repente, la persona deja de consumir la clase.
Tiene que entrar en ella.
Una actividad sin reflexión puede quedarse solamente en actividad
Hay una parte que tampoco debemos olvidar.
Hacer es importante. Reflexionar sobre lo que hicimos también.
Después de una actividad puedes preguntar:
¿Qué ocurrió?
¿Qué decisión tomaste?
¿Qué fue lo más difícil?
¿Qué descubriste?
¿Qué hiciste diferente a otra persona?
¿Qué cambiarías si lo hicieras nuevamente?
¿Dónde podrías aplicar esto mañana?
Ese pequeño debrief ayuda a convertir la experiencia en aprendizaje consciente.
No se trata simplemente de:
“Hicimos una actividad divertida.”
Queremos llegar a:
“Hice algo, entendí qué ocurrió y ahora sé cómo puedo utilizarlo.”
Cómo convertir una parte pasiva de tu taller en aprendizaje activo
Haz este ejercicio con una presentación que ya tengas.
Busca una sección donde actualmente tengas entre 10 y 20 minutos de explicación.
Ahora pregúntate:
¿Qué quiero que puedan hacer con esta información?
Después rediseña ese bloque utilizando esta secuencia:
1. Explica
Comparte solamente la información necesaria para comenzar.
2. Demuestra
Enséñales un ejemplo concreto de cómo se hace.
3. Guía
Divide el proceso en pasos y proporciona instrucciones claras.
4. Haz que lo intenten
Dales tiempo real dentro del taller para aplicar lo aprendido.
5. Hazlos conversar
Permite que comparen, expliquen, cuestionen o reciban feedback.
6. Reflexiona
Ayúdalos a identificar qué aprendieron haciendo.
7. Conecta
Pregúntales cómo aplicarán lo trabajado fuera del taller.
No necesitas convertir cada minuto de tu taller en una dinámica.
Necesitas encontrar un mejor balance entre lo que tú haces como facilitador y lo que hacen tus participantes para aprender.
Te recomiendo: 18 actividades de facilitación para talleres educativos
La pregunta que puede cambiar cómo diseñas tus talleres
La próxima vez que abras PowerPoint, Canva o cualquier otra herramienta para comenzar a diseñar un taller, antes de preguntarte:
¿Qué les voy a enseñar?
añade otra pregunta:
¿Qué van a hacer mientras lo aprenden?
Porque tus participantes probablemente no necesitan otras 70 diapositivas explicándoles perfectamente cómo hacer algo.
Necesitan una explicación suficiente para empezar.
Una estructura que los guíe.
Tiempo para intentarlo.
Preguntas que los hagan pensar.
Personas con quienes conversar.
Feedback para mejorar.
Y oportunidades para aplicar lo aprendido antes de salir del salón o cerrar Zoom.
Ese es uno de los cambios que puede llevar un taller de ser una presentación interesante a convertirse en una verdadera experiencia de aprendizaje.
Y quizás la mejor evidencia de que funcionó no sea que alguien te diga:
“Aprendí mucho.”
Sino que pueda enseñarte algo que ya comenzó a hacer gracias a lo que aprendió.
¿Quieres seguir diseñando talleres donde tus participantes aprendan haciendo?
Si quieres aprender cómo diseñar y facilitar talleres educativos desde cero, conoce la Certificación en Diseño y Facilitación de Talleres Educativos, donde trabajamos paso a paso el proceso para convertir lo que sabes en una experiencia de aprendizaje estructurada, participativa y aplicable.
Y si ya facilitas talleres y quieres seguir practicando, experimentando con nuevas herramientas y fortaleciendo tus destrezas como facilitador, conoce Súper Facilitador School™, nuestro espacio de educación continua para facilitadores que quieren seguir aprendiendo haciendo.
Porque la mejor manera de aprender a facilitar también es facilitando, practicando y haciendo.






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